Cienfuegos, La Perla del Sur

Si el mar no existiera, Cienfuegos no sería Cienfuegos. Pero el mar está ahí, haciéndole la corte día y noche, enamorado fiel de la península de Majagua, como un apacible lago enamorado, que el alba y el anochecer suele presentar una magnificencia azul-dorada.

Cienfuegos -antes Jagua- tuvo sus colonizadores españoles y sus fundadores franceses; pero antes acunó en sus aguas mansas a sus aborígenes siboneyes y taínos del antiguo cacicazgo de aquel nombre, en las riberas de esta espléndida bahía de ochenta y ocho kilómetros cuadrados del centro-sur de la isla de Cuba.


Primero fueron los siboneyes, inmigrantes amazónicos salvajes llegados a Cuba a través del puente de las Antillas Menores, con su cultura mesolítica de concha, dependientes del caracol y pequeños moluscos para su base alimentaria y su ajuar. Después los taínos, ceramistas, artesanos textiles, fabricantes de hachas petaloides e ídolos fálicos, asientos, y ralladores de yuca, que invadieron y sojuzgaron al siboney. Los que pudieron escapar -varios con alguna taína- se afincan en los mares del norte y sur del centro de la isla y dan origen al cacicazgo de Jagua.

No abandonaron aquí su quehacer de pueblo marinero, navegante, constructor de enormes canoas, tallador de piedras y dibujante de petroglifos indescifrables aun para la ciencia moderna. Nos dejaron, junto con las huellas de sus utensilios de uso humano y los ritos funerarios, sus leyendas. Estas fueron incluso agradables para el conquistador europeo que interrumpe el ciclo vital siboney.

POR EL MAR LLEGÓ EL DESARROLLO
Hacia 1494 Cristóbal Colón ofreció a Europa las primeras noticias de la bahía de Jagua, donde se proveyó de agua y leña. En 1509 Sebastián de Ocampo, que bojeó la isla y dio su apellido a un cayo interior de la bahía donde descansó varios meses, informó al rey de España que “… este puerto que sus habitantes llaman Jagua es de los mejores y más seguros para mil naos que se puedan hallar en el mundo”. Al año siguiente, en los alrededores de la playa Rancho Luna, donde hoy está enclavado el hotel de ese nombre, se desató el primer combate entre aborígenes y españoles.

playa rancho luna cristobal colon

Andando el tiempo, se asentaron en paz colonos españoles en este lado de la bahía. José Díaz, en el lugar que hoy ocupa el hotel Jagua, procreó en su rancho con la hermosa y dulce india Anagueia una larga y feliz familia. Otro español, de nombre Lope, se unió hacia 1528 con otra indígena, de la que tuvo una hija que llamaron Mari, y dio origen a la leyenda de Marilope, de la cual es símbolo la flor amarilla de intenso tono de azufre, conocida por ese nombre, típica de la región sureña donde nace silvestre en terrenos pedregosos y secos.

Tan abrigada bahía de bolsa fue lugar predilecto de piratas, filibusteros, y corsarios, algunos de los cuales hasta se establecieron temporalmente desde 1540 en los cayos de su interior. En 1554 Jacques de Sores, y Francis Drake en 1586, junto con John Morgan, Jean el Temerario y Gilberto Girón fueron, cada cual en su tiempo, famosos piratas y corsarios visitantes de la bahía de Jagua. Con ellos comerciaban los activos habitantes de la comarca, contrabandeando así sus productos que carecían de otra salida por la política restrictiva de la metrópoli. No pocos creen que en lugares del litoral como el Caletón de Don Bruno, en el Jucaral, al oeste de Cayo Carenas, los piratas hicieron enterramientos de fabulosos tesoros procedentes de sus rapiñas, pero hasta el presente no han sido hallados.

LA FORTALEZA DE JAGUA
Para evitar las visitas y comercio indeseados, España decidió construir una fortaleza de cantería a la entrada de la bahía. El ingeniero Joseph Tantete comenzó la obra en 1733 y fue concluida doce años después. Se inaugura bajo el nombre de Castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, pero se le conocerá como Castillo de Jagua. Enclavado en una pequeña altura de su orilla occidental, a la medianía del estrecho cañón de la entrada, guarda celosamente, con sus diez cañones en tres explanadas, su torre de base circular con aspilleras verticales y estrechas, su majestuosa cúpula con una tronera que semeja un ojo alerta sobre las aguas siempre tranquilas.

Cuba cienfuegos

Declarado Monumento Nacional, el colosal castillo fielmente restaurado, puede ser admirado por el visitante, quien recorrerá su capilla original, las húmedas celdas, su foso profundo imposible de salvar si está elevada su rampa y que permite la entrada al recinto amurallado, mientras escucha las deliciosas leyendas del lugar. En 1762 la zona del Castillo de Jagua se convierte en punto de concentración de barcos y destacamentos militares españoles disponibles en el interior de la isla, para desde allí salir a reconquistar La Habana, tomada por los ingleses. Así este territorio se convierte de hecho en la capital de la colonia hasta que se retiran los atacantes tras convenios con España, que prefiere prescindir de la Florida pero no de Cuba.

Nuevos colonos españoles se establecieron en los alrededores de la bahía, e incluso levantaron tres ingenios azucareros, todo antes de la creación de la villa.

FUNDACIÓN DEL POBLADO Y LA VILLA
Cienfuegos no nació con este nombre, sino con el de Fernandina de Jagua, en honor del monarca Fernando VII, y del que los aborígenes daban a la comarca. Así fue bautizada durante la ceremonia de fundación el 22 de abril de 1819 por don Luis D´ Clouet y de Pietre, un teniente coronel de infantería natural de New Orleans, pero de ascendencia francesa, que le propuso al entonces capitán general de la isla, don José Cienfuegos, una contrata de colonización. El convenio preveía traer colonos franceses escogidos, labradores y artesanos, y como España tenía interés en aumentar la población blanca en Cuba, temiendo la repetición de la sublevación de Haití, aceptó el pacto de inmediato.

A partir de una vieja majagua, el alférez Félix Boullón Turner trazó la primera manzana de la población, que continuó creciendo con semejante trazado recto a medida que llegaban sucesivas oleadas de familias francesas residentes en New Orleans, Filadelfia y Baltimore.

El primitivo poblado comprendió veinticinco manzanas de cien varas castellanas entre las calles Hourruitiner (hoy calle 33) hasta Velazco (calle 23) de este a oeste; y desde Santa Clara (hoy avenida 50) hasta Santa Elena (avenida 60) de norte a sur. En el centro, una plaza de armas, que hoy ocupa el parque José Martí. Allí se puede ver una roseta evocativa del exacto punto referencial para el trazado original, recto, amplio, característico antes y después de toda la ciudad moderna, la única del país fundada por franceses. El 20 de Mayo de 1829 el rey le concedió el título de villa y le dio el nombre de Cienfuegos en honor de don José Cienfuegos, capitán general de la isla.

A Cienfuegos le fue concedido el título de ciudad por real orden del 10 de Diciembre de 1880, considerando “el aumento de su población, el progresivo desarrollo de su riqueza agrícola e industrial y la importancia de su puerto marítimo”. Esta prosperidad se aprecia en sus construcciones de estilo neoclásico, frisos, rejas, portales, etc., que resulta en ocasiones un conjunto ecléctico, no obstante muy armonioso, engarzado dentro del trazado recto y ancho de sus calles. Se considera a la ciudad una joya arquitectónica del siglo XIX.

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